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(Fuente/Cadena SER) Ayer, en la víspera de la apertura del Foro Económico de Davos, Oxfam recordó los brutales datos de la desigualdad. El patrimonio de las 63 personas más ricas del mundo supera al de los 3.600 millones de personas más pobres. Respecto a España, los 20 españoles más ricos poseen más que el 30% más pobre del país. Y esta barbarie no mengua, sino que crece año tras año. Son datos tan apabullantes que resultan inimaginables, casi irreales, como decir que la galaxia Andrómeda está a dos millones y medio de años luz de la tierra, nos suena a remoto, ajeno a nuestra voluntad y a nuestros actos.

El virtuosismo publicitario del poder ha conseguido convencernos de eso, de que esta escalofriante injusticia no es la consecuencia de un pensamiento o de unas políticas, sino que es algo independiente de nuestros actos, tan independiente como el ritmo de las mareas. Por eso, cuando en la cumbre de Davos que comienza mañana se analicen las preocupaciones económicas del mundo y el tema específico de este año, que es la cuarta industrialización, no se abordará la desigualdad como un problema a resolver, sino como algo inevitable. Porque la desigualdad, la bomba atómica sobre la que se sienta el mundo, sigue siendo tratada como algo indeseable, sí, pero inexorable como el paso del tiempo.

 

 

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